El trayecto de vuelta a la mansión fue un desierto de silencio roto solo por la respiración errática de Isabella en el asiento trasero. Pablo conducía con las manos apretadas al volante hasta que sus nudillos perdieron el color. Al llegar, la cargó en vilo, ignorando las preguntas de los guardias, y la dejó con delicadeza en el sofá de la biblioteca principal.
Isabella empezó a parpadear, confundida. El dolor en su labio era una pulsación constante y rítmica.
—¿Rizzo? —murmuró ella, llevándose