La ira burbujeaba en mí, un fuego sordo que amenazaba con consumir todo a su paso. Cada latido de mi corazón resonaba como un martillo sobre la yunque de mi rencor. Quería gritar, aullar contra él, golpearlo con la mirada, reducirlo a la impotencia. Pero sabía que nada cambiaría, que mis palabras no alcanzarían la muralla fría que había erigido entre nosotros desde hacía tanto tiempo.
Pensaba en él, en mi marido, y un dolor sordo me oprimía el pecho. ¿Cómo pudo dejarme sola en esta tormenta? ¿C