La ira burbujeaba en mí, un fuego sordo que amenazaba con consumir todo a su paso. Cada latido de mi corazón resonaba como un martillo sobre la yunque de mi rencor. Quería gritar, aullar contra él, golpearlo con la mirada, reducirlo a la impotencia. Pero sabía que nada cambiaría, que mis palabras no alcanzarían la muralla fría que había erigido entre nosotros desde hacía tanto tiempo.
Pensaba en él, en mi marido, y un dolor sordo me oprimía el pecho. ¿Cómo pudo dejarme sola en esta tormenta? ¿Cómo pudo elegir desviar la mirada cuando todo se desmoronaba a mi alrededor? Su pasividad se había convertido en una traición silenciosa, un abandono peor que todos los gritos.
Me veía a mí misma, en otro tiempo, cuando él aún era en quien confiaba. Cuando sus promesas sonaban verdaderas, cuando su mirada buscaba la mía con esa ternura que me reconfortaba. Esa época parecía tan lejana, como una fotografía desvanecida colgada en la pared de una casa abandonada. Pero ese tiempo estaba muerto, ente