La puerta se había cerrado tras de él con un ruido seco que aún resonaba en mis oídos. Permanecía allí, inmóvil, con los ojos fijos en el vacío, como si el aire a mi alrededor hubiera dejado de existir de repente. El silencio se había vuelto demasiado pesado, asfixiante, opresivo. Me envolvía, me ahogaba, recordándome cuán sola estaba frente a este engranaje que se cerraba inexorablemente.
Una semana.
Siete días para elegir.
Siete días para decidir si me iba a someter a sus reglas o convertirme en un obstáculo que aplastar.
El peso de esas palabras pesaba sobre mis hombros como una losa de plomo. Quería gritar, clamar mi revuelta, decir que no. Pero él tenía razón. Ya estaba dentro. Bastaba con una mirada, una verdad demasiado pesada para soportar, para que la trampa se cerrara.
Me apoyé contra la pared fría, con las manos temblorosas. Las imágenes de nuestra confrontación desfilaban en mi cabeza, aún vívidas, incisivas: su mirada helada, su sonrisa diminuta, esa certeza implacabl