JACKSON
No había escapatoria.
Ya estábamos sentados en la sala del Consejo de la Manada, la habitación más temida de toda la ciudad. Las paredes se sentían demasiado cerca, construidas con piedra fría y magia antigua que se aferraba al aire como humo. Los ancianos estaban sentados en sus altas sillas negras, con rostros severos y ojos más afilados que garras de lobo. Su sola presencia bastaba para hacer arrodillarse a un lobo adulto.
Éramos yo, Lena, Selene y el director del hospital. Hicimos u