MARIE
Daniel sonrió y asintió como un tonto feliz. —No hay problema, Alfa.
Fruncí el ceño con tanta fuerza que me dolía la frente. En cuanto mi hermano se dio la vuelta para irse, corrí tras él.
—No. No. Me niego a quedarme con él. Nos vamos juntos.
Se detuvo a medio camino y se giró lentamente, con la ira ya reflejada en su rostro. —No puedes negarte. Es una orden. Y le harás caso.
Su aura de Alfa me golpeó como un muro de ladrillos. Pesada. Ardiente. Aplastante. Casi se me doblaron las rodill