No existe sonido más poderoso que el llanto débil de un hijo.
No existe miedo más grande que escuchar ese llanto envuelto en cables, alarmas y batas verdes.
Ese fue el día en que mi mundo —partido en dos por el dolor y el amor— respiró dentro de un quirófano.
El reloj marcaba las 10:14 a.m. cuando los monitores comenzaron a pitar más rápido debido a la presión de Alice. Yo estaba sentado a su lado, vestido con la bata quirúrgica azul, guantes que sudaban, y una calma que solo Dios podría sosten