Leonardo caminó hasta donde estaba Isabella, asegurándose de llevar consigo una cobija para el frío, una botella de champán y dos copas. Al llegar, la vio sentada en la arena, con la mirada perdida en el mar iluminado por la luna.
Sin decir nada, tomó la cobija y la colocó sobre sus hombros. Isabella se sobresaltó ligeramente, pero al ver que era Leonardo, le dedicó una leve sonrisa.
—Gracias.
—¿Quieres? —preguntó él, levantando la botella de champán.
—Sí, claro.
Leonardo se sentó a su lado y d