Al día siguiente, el sol apenas comenzaba a asomarse por la ventana cuando tanto Leo como Isabella se levantaron temprano, con el peso de la noche anterior aún en sus hombros.
Leo, con su pijama, estaba sentado a la mesa, ya sirviéndose el café. Sus ojos aún reflejaban la falta de descanso, aunque su expresión era más tranquila que la de anoche. Tal vez porque sabía que tenían que enfrentar el día, a pesar de lo sucedido.
Isabella salió de su habitación, vestida con su pijama de dormir, con el