(Alessandro)
Media hora después, Diogo entró en la sala. Llevaba ese traje gris oscuro que usa en reuniones importantes, el pelo peinado hacia atrás como siempre. Pero la mirada… no era la misma. Fría. Contenida. Diferente al Diogo de siempre.
—Siempre puntual —comenté, intentando sonar casual.
—Siempre. Alguien tiene que tomárselo en serio, ¿no? —respondió, sin siquiera esbozar una sonrisa.
Se sentó frente a mí, sin quitarse el abrigo, como queriendo dejar claro que no pensaba quedarse más de