—Casi —murmuré, forzando una sonrisa.
Chiara me miró y también sonrió. Una sonrisa leve, pero que no escondía los nervios en los ojos.
—¿Te acuerdas de la Navidad de hace dos años? Cuando tu abuelo dejó el pavo en el horno seis horas —rió—. Fue el día en que mi madre juró no dejarle cocinar nunca más.
—Me acuerdo —dije, tomando la copa de su mano. Mi voz sonó sin mucha emoción. Pero no era por el pavo.
Nos sentamos. La comida estaba buena, como siempre, pero el ambiente… parecía una obra de tea