Cerré los ojos, sintiendo el peso en el pecho. Gabriel era solo un crío, y estaba notando, con ese instinto puro que solo los niños tienen, que algo malo le había pasado a la madre que lo había cuidado durante tanto tiempo.
—¿Cómo está ahora? —pregunté.
—Estaba algo agitado, y para no empeorar su situación, la doctora le dio un calmante. Se ha dormido. Necesito que me digas si ya sabéis dónde está Larissa.
Tardé unos segundos en responder. Diogo y Fernando me miraban, atentos.
—Aún no, pero hem