(Larissa)
El cielo ya empezaba a clarear cuando oí la puerta de la celda abrirse de golpe.
Me encogí en un rincón, con los ojos ardiéndome de tanto no dormir y la cabeza latiendo con fuerza. Apenas podía sentir el cuerpo, entre el miedo, la tensión y el cansancio. Pero cuando vi la silueta de Enzo atravesar la luz gris de la mañana, algo dentro de mí se congeló.
Estaba... diferente.
Tambaleante.
Con la camisa rota, el rostro lleno de arañazos y sangre seca en la barbilla. El brazo izquierdo vend