Mis brazos todavía temblaban cuando, con la ayuda de tres hombres, conseguimos sacar el maldito pedazo de hormigón de encima de la pierna de Valter. Su grito me desgarró por dentro, pero no había tiempo para compasión. Lo agarré por los hombros y lo ayudé a incorporarse como pude.
— Joder, Diogo… mi pierna… — jadeaba, con el rostro pálido del dolor.
Miré hacia abajo y se me revolvió el estómago. Su pierna izquierda estaba destrozada, el hueso casi asomando por la piel.
— Aguanta, Valter — dije