Llegué a casa con el corazón acelerado y la cabeza a mil. Tiré el bolso en el sofá, me quité los zapatos en la entrada y fui directa a la cocina, donde Julio estaba cortando pan tan tranquilo, como si nada importante hubiese pasado en el mundo.
— Julio… — dije todavía medio aturdida.
— ¿Qué pasa? — levantó la vista por encima del hombro. — ¿Ha ocurrido algo?
— Sí, ha ocurrido. Una mujer muy elegante entró hoy en el restaurante, se sentó en mi mesa, me llamó y… me ofreció un trabajo.
Abrió los o