Sentí el estómago revuelto y miré a Julio, que me observaba con una rabia contenida. Antes de que pudiera decir algo, dio un paso adelante y cogió el móvil de la mesa.
—Ah, que le den por culo, doña Judite —dijo con una ironía amarga, y colgó. Luego bloqueó el número con la rapidez de quien ya lo ha hecho más de una vez.
Me quedé quieta, en shock. Lo miré sin saber si debía insultarlo o darle las gracias.
—Ju…
—No, ni empieces —levantó la mano, cortando cualquier intento de réplica—. Esa gente