Nada más llamar a la puerta, ni siquiera tuvo tiempo de abrirla del todo. Me sorprendieron dos bracitos pequeños abrazándome con fuerza por la cintura.
—¡Tío Diogo! —gritó Gabriel, haciéndome reír mientras lo levantaba del suelo con facilidad.
—¿Qué tal, campeón? ¿Cómo estás? —pregunté, ajustándolo en mis brazos.
—¡Bien! —dijo emocionado, sus ojos yendo directos a las bolsas que llevaba en las manos—. ¿Eso es un regalo?
—Sí. —asentí, sonriendo—. Hay para ti... y para tu hermanita también.
—¡Genial! —gritó de alegría, saltando de mis brazos al instante.
Larissa apareció en el pasillo con su enorme barriga y no pude evitar sonreír. Parecía radiante, con ese brillo que solo ella tiene, y más ahora.
—Mira qué mamá más guapa —bromeé, abriendo los brazos.
Ella vino hacia mí y me abrazó con cariño.
—Me alegro de que hayas venido, Diogo. —dijo, separándose y sonriendo—. Y mira... ¡regalos! Ya me encantan.
—Espero que a ella le guste. —le tendí la bolsa con el paquete.
Larissa empezó a abrirlo