Nada más llamar a la puerta, ni siquiera tuvo tiempo de abrirla del todo. Me sorprendieron dos bracitos pequeños abrazándome con fuerza por la cintura.
—¡Tío Diogo! —gritó Gabriel, haciéndome reír mientras lo levantaba del suelo con facilidad.
—¿Qué tal, campeón? ¿Cómo estás? —pregunté, ajustándolo en mis brazos.
—¡Bien! —dijo emocionado, sus ojos yendo directos a las bolsas que llevaba en las manos—. ¿Eso es un regalo?
—Sí. —asentí, sonriendo—. Hay para ti... y para tu hermanita también.
—¡Gen