(Alice)
17-08 - Miércoles
—¡Alice! —Oí el grito familiar que venía de la trastienda y se me revolvió el estómago.
Respiré hondo, me ajusté el delantal y caminé hacia la puerta con la certeza de que estaba a punto de recibir un sermón de telenovela mexicana. Cuando abrí la puerta, allí estaba él: el señor Barbosa, con el traje sudado, la frente fruncida y una taza de café frío en la mano.
—¿Puedes explicarme, por el amor de Dios, cómo le echas spray de pimienta en la cara a ese hombre?
Arqué las cejas, intentando no reír.
—Mira… técnicamente, él se puso delante —dije, encogiéndome de hombros—. Y no iba dirigido a él.
Cerró los ojos y se pasó la mano por la cara, respirando pesadamente. Luego, se volvió y me miró fijamente con esos ojos como platos.
—¡¿Sabes quién era ese hombre?!
—Claro, Diego Montenegro —dije con la mayor calma del mundo.
—¡Diogo! ¡Diogo Montenegro! —casi se atragantó con su propio bigote—. ¡El Diogo Montenegro! ¡Dueño de Montenegro Holdings, esa empresa de ingeniería