(Diogo)
Terminamos la reunión exactamente a las 11:40. Mi estómago ya rugía como si me recordara que lo último que comí fue ese café que me trajo Linda más temprano.
Decidí salir de la empresa y caminé hasta un restaurante a pocos metros de allí. Era pequeño, algo rústico y no solía llenarse mucho, y me encantaba eso.
Elegí una mesa en la esquina, como siempre, y pronto un camarero joven se acercó sonriendo, muy educado.
—Buenos días, señor. ¿Ya sabe lo que va a querer?
—El menú del día y un agua con gas.
Anotó y se alejó. Sentí que el móvil vibraba en mi bolsillo y mi corazón se heló por un momento. Lo cogí, sintiendo un alivio al ver que solo era un correo sobre el contrato de Múnich, nada importante. Lo abrí para leer, pero antes de terminar la primera línea, una voz afuera me llamó la atención.
Alta, irritada y feroz.
—¡Suéltame ahora o te juro que te reviento la nariz de plástica!
Alcé la vista, curioso, y no me equivoqué. Era ella.
La misma chica de la que Larissa siempre decía