Liam Jones.
Eran las cinco de la mañana. El frío de la madrugada calaba en mi piel.
Había amanecido en el balcón de la suite presidencial de ese lujoso hotel,sentado en una silla mirando el esplendor de la luna.
Menuda humillación por la que pase horas antes. Todavía recuerdo la voz de los policías:
—Queda usted en libertad y cuídese de no meterse en problemas.
Al parecer el dueño de esa mansión había retirado la denuncia.
Lo más loco es que al llegar a este hotel, me encontré en el lobby a