35. La fuerza de un vendaval
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Eva
Por un instante, todo se volvió borroso. Sentí mi cuerpo tambalearse mientras la sangre se drenaba de mi rostro. Un zumbido sordo llenó mis oídos, y puntos negros comenzaron a danzar en mi visión.
Escuché el grito de Isolde… o debería decir Melania. Pero en ese momento, nada de eso importaba.
Ella no era solo una mujer amable que salvé hace meses atrás, la que había cuidado de mis hijas como una abuela amorosa. No era solo la figura maternal que, de alguna forma, había encontrado su luga