145. Precio de sangre.
Narra Ruiz.
La coca todavía me arde en la nariz cuando el celular vibra.
Estoy sentado en la terraza de uno de los edificios que todavía me pertenecen, con vista al río podrido que serpentea la ciudad como una víbora cansada. A mi izquierda, una rubia me chupa los dedos. A mi derecha, una morocha duerme con la cabeza en mi regazo.
No recuerdo sus nombres. No me importan.
Lo único que me importa es la voz que me habla al oído desde el otro lado del celular.
—Gomes. El comisario ese. El de Asunto