Quédate.
La lluvia seguía cayendo con insistencia cuando el coche se detuvo frente a la Casa de los Cerezos.
El golpeteo de las gotas contra el techo llenaba el silencio, como si la tormenta quisiera acompañarlos hasta el final de esa noche interminable.
Catalina observaba en silencio a través del cristal empañado, sintiendo cómo la tensión de la noche comenzaba a pesarle en los hombros.
Volver allí, después de todo lo que había pasado, le producía una mezcla contradictoria: alivio, ansiedad y una