No quiero llegar tan lejos.
En el despacho principal de la mansión Delcourt, la tensión era tan densa que parecía sofocar el aire y presionar contra las paredes.
Luciano caminaba de un lado a otro como una fiera enjaulada, incapaz de estar quieto siquiera un segundo, mientras su chaqueta permanecía arrojada descuidadamente sobre el respaldo de un sillón.
La corbata, deshecha, colgaba de su cuello y su camisa, desabotonada en el primer botón, dejaba al descubierto las gotas de sudor que perlaban su piel.
Respiraba con agit