Luciano cruzó otra línea.
La mañana siguiente, Catalina bajó las escaleras lentamente, sintiendo que el cuerpo le pesaba más de lo habitual.
En sus manos sostenía una taza de té que ya se había quedado fría, pero la mantenía allí como un gesto automático, como si el calor ausente del líquido pudiera darle algo de consuelo.
No recordaba haber dormido más de un par de horas.
Cada vez que cerraba los ojos, revivía el estruendo del choque, los gritos de sus hijos y el so