En la sala de parto todo era surrealista y se mostraba en colores vivos y muy brillosos, habían transcurrido cinco horas ya, las horas eran lentas aun así mantenía la calma, por mí, por el bebé y por Theo.
El cuello uterino se había dilatado tan solo cuatro centímetros, faltaban diez más para que mi niño pudiera salir. Las contracciones iban incrementando y el desespero en mi esposo igual aunque, no dejaba de hablarme, sonreírme, infundirme ánimos y mucho menos de regalarme besos sin importarle