El trayecto de regreso a casa se sintió eterno. Valeska iba sentada junto a Lisandro, pero era como si estuviera sola. Ni siquiera el roce de sus cuerpos al ir tan cerca servía para borrar el muro invisible que él había levantado entre ellos. Un muro helado, indestructible, hecho de palabras que no se dijeron, de ausencias prolongadas, de respuestas vacías. Afuera, la noche comenzaba a cubrir la ciudad, y las luces de los autos pasaban fugaces como si quisieran advertirle que nada volvería a se