El comedor de empleados, usualmente tan ruidoso, se encontraba extrañamente silencioso esa tarde. Las voces lejanas del pasillo parecían llegar como ecos difusos, y el sonido del reloj de pared marcando los segundos era lo único que daba la sensación de movimiento dentro de ese ambiente congelado por la tensión.
Mikhail estaba sentado en una de las mesas centrales, con el cuerpo ligeramente inclinado hacia delante, los codos sobre el borde y los dedos entrelazados, apretados con fuerza. Frente