El amanecer pintaba el cielo de un gris apagado, como si la ciudad supiera que algo estaba a punto de romperse. En el hospital, Valeska apenas había dormido. Estaba sentada junto a la ventana, con el teléfono en la mano, esperando noticias de Fabricio. Lisandro, recostado en la cama, fingía descansar, pero sus ojos entreabiertos la seguían. El silencio entre ellos era pesado, lleno de cosas no dichas.
—¿No vas a decirme qué pasa? —preguntó Lisandro, su voz salió ronca por el cansancio.
—Nada pa