Valeska entró al cuarto con la mirada firme, aunque en el fondo se sentía un torbellino de emociones. A pesar de estar allí, al lado de Lisandro, la rabia no había disminuido ni un ápice; más bien, se sentía como una llama que no paraba de crecer.
Se acercó a la cama, con los ojos clavados en él, que seguía tan quieto como una estatua de mármol, inconsciente del vendaval que había a su alrededor. Sin embargo, para Valeska, que cada día pasaba al lado de ese hombre inmóvil, parecía un insulto te