El silencio que cayó en la sala de juntas después de las palabras de Iskra era tan espeso que parecía que el aire mismo se había congelado.
Todos los presentes tenían expresiones que iban desde la incredulidad hasta la vergüenza ajena. Un par de asistentes de menor rango intercambiaron miradas nerviosas, preguntándose si acaso habían escuchado bien.
Lisandro, por su parte, mantenía la mandíbula tensa y los ojos clavados en la mujer que acababa de hacer el ridículo más grande de su vida. Había l