La luz de la luna brillaba clara mientras un viento helado aullaba. Sin embargo, dentro del bar el ambiente era cálido como el verano.
Diego había organizado una reunión para beber, y un grupo de personas jugaba animadamente a las cartas.
—¡Un par de doses, gané! ¡Ja, ja, tu Ferrari es mío ahora! —exclamó uno.
—¡Trampa, trampa! ¡Otra ronda!
—Vaya, qué mal perdedor eres. Está bien, te daré otra oportunidad, pero si gano la próxima mano, también me darás tu apartamento en Bahía Lunar.
—¡Trato hech