El auto se detuvo en la entrada del callejón. Lucía bajó después de que Carlos y Talia ya habían descendido y se dirigió hacia el edificio de apartamentos.
La luz de la luna caía como agua y las estrellas, escasas, se esparcían dispersas en el cielo nocturno. El viento traía consigo el calor sofocante del pleno verano, sin ofrecer ningún alivio.
De repente, sus pasos se detuvieron. Allí, junto al edificio, vio a un hombre recostado contra un árbol con las manos en los bolsillos. Al verla, instin