Capítulo: Vete con ella

Miranda lo miró con ojos severos, ocultando un dolor indescriptible en su interior.

Contra todo pronóstico, una sonrisa amarga y orgullosa se dibujó en sus labios.

—Ya que me compraste, debiste pensarlo mejor, señor Kirland. Seré tu esposa solo de nombre. En el segundo en que mi familia pague esa deuda, me iré.

Joaquín soltó una carcajada fría mientras la veía subir las escaleras con la espalda recta.

Sin embargo, cuando se quedó solo en la inmensa sala, la risa se desvaneció.

Comenzó a beber. Un vaso tras otro, sin control. Sentía una rabia ardiente por el engaño de Daniela, pero al mismo tiempo, una extraña amargura le corroía el pecho al haber arrastrado a Miranda a ese infierno.

Después de todo, Miranda siempre había sido una joven amable y dulce; jamás le había alzado la voz.

Recordó cómo ella solía visitarlo en la corporación, llevándole almuerzos preparados por ella misma, incluso cuando él la rechazaba con frialdad y la dejaba esperando por horas.

Mientras tanto, en la habitación, Miranda lloraba inconsolable sentada al borde de la cama.

Su sueño de formar una familia feliz se había destruido en cuestión de horas.

Era verdad que este matrimonio nació de un frío acuerdo financiero, pero ella, inocente y ciega de amor, creyó que sus sentimientos serían suficientes para ablandar el corazón de Joaquín. Qué estúpida había sido.

De pronto, la puerta se abrió de golpe.

Joaquín entró tambaleándose ligeramente. Estaba ebrio, lo suficiente como para que la cordura y el autocontrol hubieran desaparecido por completo. Al ver sus lágrimas, él frunció el ceño.

—Deja de llorar. Me irritas —ordenó con brusquedad.

Miranda se levantó de la cama, mirándolo con una mezcla de incredulidad y desprecio.

—¡Eres un cínico! —exclamó, perdiendo los estribos.

Fuera de sí, arremetió contra él, descargando sus puños contra el firme pecho de Joaquín.

Pero él, con la velocidad de un depredador, detuvo el ataque atrapando sus muñecas con un agarre de hierro.

—¡Cálmate! —rugió Joaquín, furioso—. Sabías perfectamente cómo terminaría esto. Sabías que este matrimonio era por conveniencia y apariencias. ¿O vas a negar que tu padre ya sacó una jugosa tajada de dinero de mis cuentas?

La ironía en su voz terminó de destrozarla.

—¡Eres cruel! ¡Un monstruo! —sollozó ella, intentando zafarse.

—¡Ya basta! Ahora conoces la verdad —sentenció él, acorralándola—. ¡No te amo, Miranda! ¡Yo amo a Daniela y eso jamás va a cambiar!

¡ZAS!

Una bofetada limpia y sonora resonó en la habitación. La mejilla de Joaquín se tiñó de un rojo encendido.

El rostro del hombre se volvió colérico, y sus ojos, inyectados en sangre y cargados de una furia salvaje, hicieron que Miranda retrocediera por puro terror.

—¡Entonces vete con ella! —gritó Miranda, dándose la vuelta para huir.

No llegó lejos.

Joaquín la tomó con violencia de la nuca, obligándola a girar bruscamente hacia él. El movimiento fue tan repentino que el mundo le dio vueltas. Quedaron frente a frente, tan cerca que el aliento de Joaquín, impregnado de vino, la envolvió por completo.

El peligro emanaba de cada uno de sus poros.

—¡No te irás a ninguna parte! —siseó Joaquín, con una sonrisa descarada y peligrosa—. Tú decidiste meterte en esto, Miranda, y ahora nos quedamos aquí. Nadie va a huir de este infierno. Ni tú, ni yo.

—¡Suéltame! ¡Me lastimas!

—¿Suéltame? —Joaquín afianzó el agarre, pegando el cuerpo de ella al suyo con osadía—. ¿Acaso no es esto lo que querías cuando insististe en casarte conmigo? Está bien. Te voy a dar exactamente lo que tanto deseabas.

Antes de que ella pudiera gritar, Joaquín atrapó sus labios en un beso salvaje, hambriento y lleno de furia.

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