Mundo ficciónIniciar sesiónMiranda se asustó. Después de la crueldad que acababa de escuchar, no deseaba nada de ese hombre, pero el beso de Joaquín era devastador, cargado de una pasión furiosa. Intentó empujarlo, pero los brazos de él, firmes como cadenas de acero, la envolvieron por completo. Sintió que sus fuerzas fallaban y su cuerpo, traicionándola debido al amor que aún le profesaba, terminó por ceder.
Cuando recuperó un rastro de consciencia, ya estaba recostada en la cama con Joaquín encima de ella.
Sus besos exigentes la sofocaban, devorando sus labios antes de descender para reclamar la piel de su cuello. Joaquín dejaba un camino húmedo y ardiente a su paso; Miranda sintió que se incendiaría viva a su lado.
Joaquín ya no tenía capacidad para pensar; se había abandonado por completo a sus instintos más salvajes.
Con desesperación, le despojó de la ropa hasta dejar al descubierto su hermoso cuerpo.
Sediento, besó su piel pálida, acariciando sus pechos suaves y perfectos. Ese aroma natural a rosas que desprendía ella lo estaba volviendo loco.
En ese momento, los recuerdos de Daniela se evaporaron de su mente.
No había pasado, no había traición; solo existía ese cuerpo en el que se estaba quemando, como si fuera la primera o la última vez.
Deslizó sus bragas y sus dedos acariciaron su centro húmedo. Con movimientos circulares y deliberados, Joaquín observó cómo Miranda se estremecía, arqueándose ante el más ligero roce.
Continuó torturándola con sensaciones placenteras hasta que él mismo no pudo soportar más la necesidad de poseerla.
Se quitó la ropa con prisa.
Miranda se quedó inmóvil, asombrada ante ese cuerpo perfecto, bronceado y esculpido por el ejercicio.
Al fijar la vista en su hombría, se quedó pasmada, pero el pulso acelerado en su intimidad delataba que lo deseaba con la misma intensidad.
Joaquín sonrió con arrogancia al ver su reacción.
—¿Me deseas?
Ella guardó silencio, pero su respiración agitada la delató.
Estaba allí, desnuda y completamente entregada a él. Joaquín la admiró como si contemplara una obra de arte perfecta, antes de atraparla de nuevo en un beso pasional que le hizo perder la razón.
Miranda lo amaba, siempre lo había hecho, y se había mantenido pura solo para esta noche, aunque jamás imaginó que ocurriría en medio de tanta hostilidad.
—Dime, ¿me deseas? ¿Quieres que te haga mía? —susurró él, rozando su intimidad con una destreza que la hizo gemir.
Joaquín disfrutaba del control absoluto. Nunca se había sentido tan fuerte, tan dominante.
—¡Suplica, y seremos uno solo! —exclamó, con los ojos brillantes de lujuria.
—Por favor, Joaquín... —rogó ella, poseída por la excitación.
Para Joaquín, ese ruego funcionó como una orden. Comenzó a adentrarse despacio. Al sentirla tan estrecha, su propio cuerpo se tensó.
Besó su cuello con ternura para ayudarla a ceder, y ella se abrió por completo para recibirlo. Con una sola embestida firme, estuvo dentro de ella.
Un ligero quejido de dolor escapó de los labios de Miranda, pero fue reemplazado de inmediato por un placer intenso que la hizo temblar.
Joaquín se movió con ímpetu, hambriento de más.
Al ver la pasión de Miranda, sus susurros lo impulsaron a aumentar el ritmo, haciéndolo más rápido, más fuerte.
Exhaustos de tanto entregarse, ambos cuerpos alcanzaron el éxtasis absoluto antes de derrumbarse uno al lado del otro, quedándose dormidos profundamente, entrelazados en un abrazo inconsciente.
***
El amanecer llegó, filtrando los primeros rayos de luz sobre la cama donde dormían abrazados.
Joaquín fue el primero en abrir los ojos. Al procesar la escena y ver a Miranda entre sus brazos, se levantó de golpe como si un resorte lo hubiera impulsado. La cabeza le estallaba por la resaca.
"¿Qué demonios hice?", pensó, aturdido y furioso consigo mismo.
Caminó a pasos rápidos hacia el baño. Se lavó la cara, cepilló sus dientes y se dio una ducha fría y rápida para despejar la mente. Cuando salió, ya completamente vestido con un traje impecable, Miranda estaba despierta. Estaba sentada en la cama, cubriendo su desnudez con la manta blanca.
—¿A dónde vas? —preguntó ella, con la voz perturbada al notar su fría determinación de marcharse.
Joaquín clavó sus ojos gélidos en ella. El hombre apasionado de la noche anterior había desaparecido.
—Miranda, lo siento. Fue un error de mi parte y te aseguro que no volverá a repetirse. No te amo. A partir de ahora, haz tu vida como quieras, no me importa lo que hagas. Solo te pido que seas discreta y no interfieras en mis asuntos —sentenció con firmeza, mientras acomodaba sus puños.
Miranda lo miró con el rostro desencajado, al borde de las lágrimas.
—¿Por qué disfrutas tanto haciéndome daño? —preguntó con un hilo de voz.
—Lo siento, pero no voy a mentirte. No te amo —respondió él, dándole la estocada final.
Joaquín sintió un peso de culpabilidad en el pecho, pero cuando su mirada bajó hacia la cama, se quedó completamente petrificado. Entre las sábanas blancas, resaltaban unas pequeñas y nítidas manchas de sangre. El silencio se volvió asfixiante. Un remordimiento brutal golpeó su conciencia al comprender la verdad: ella era virgen.
Miranda, siguiendo la dirección de su mirada, entendió lo que él pensaba. Una amargura oscura y venenosa sepultó el amor que alguna vez sintió por él. Su mirada se volvió de piedra.
—Te odio, Joaquín. Te vas a arrepentir de esto... y te juro que te haré pagar este día muy caro.
Joaquín no respondió. Incapaz de sostenerle la mirada, dio la vuelta y salió apresurado de la habitación.







