El impacto fue seco, brutal.
—¡Miranda! —rugió Joaquín, arrodillándose en el asfalto mojado.
La lluvia seguía cayendo con fuerza, mezclándose con la sangre que se extendía bajo el cuerpo de Miranda. Su vestido estaba empapado, su respiración casi imperceptible.
Joaquín se quedó inmóvil por una fracción de segundo.
Como si el mundo se hubiera detenido.
Luego reaccionó.
—¡Llamen a una ambulancia ahora! —gritó con una voz que no parecía la suya.
Sus guardaespaldas se movieron de inmediato.
Él no e