—¡Señor Kirland!
La voz de Tom quebró el pesado silencio de la oficina.
Joaquín seguía con la mirada fija sobre el certificado que sostenía entre las manos. Sus dedos se habían cerrado con tanta fuerza alrededor del papel que una esquina terminó arrugándose.
No parpadeaba.
Era como si su mente se negara a aceptar lo que sus ojos acababan de leer.
Tom dio un paso al frente con cautela.
—Señor...
No obtuvo respuesta.
Respiró hondo antes de continuar.
—La señora Miranda... está embarazada.
Aquellas