Mientras tanto, en el despacho de abogados, el silencio de la sala se había vuelto insoportable.
Parecía que el tiempo se hubiera detenido.
Cada segundo que pasaba era una tortura para Miranda.
Miranda no tenía dudas sobre la verdad.
Aquellas niñas eran hijas de Joaquín.
Lo sabía.
Agatha permanecía sentada con los brazos cruzados, observándola con una expresión de desprecio.
Miranda podía sentir aquella mirada clavada sobre ella.
Era como si la anciana estuviera esperando el momento exacto para