Miranda sintió que todo su cuerpo temblaba.
No sabía si era por la rabia, por la impotencia o por el miedo. Quizá era por las tres cosas al mismo tiempo.
Apretó con fuerza el documento entre sus dedos, como si pudiera arrancarle la mentira de las manos.
—¡Esto es una trampa! —exclamó desesperada.
Su voz se quebró.
Sentía que el aire no llegaba a sus pulmones y que su pecho estaba siendo aplastado por una fuerza invisible.
—¡Fuiste tú! —señaló a la señora Kirland—. ¡Fueron ustedes dos! ¡Manipular