La tarde del día siete llegó después de una mañana que había dejado a Erika con más preguntas que respuestas.
La promesa de Damián —“te voy a mostrar un poco más del tablero”— había quedado flotando en el aire desde que salió de la habitación. Pero, como tantas otras cosas en aquel lugar, no había ocurrido inmediatamente.
Habían pasado horas.
Horas de espera.
Horas que, para Erika, se sintieron más largas de lo normal.
La rutina del edificio había continuado como siempre: la bandeja del almuerz