La tarde del día seis llegó con una lentitud casi irritante.
En aquel lugar el paso del tiempo nunca era claro, pero Erika había aprendido a reconocer ciertos cambios mínimos. La luz artificial se volvía ligeramente más cálida, el silencio del edificio cambiaba de textura, y en algún punto del día los sonidos lejanos del exterior —quizás viento moviendo árboles, quizá maquinaria distante— parecían volverse más perceptibles.
No era un anochecer real.
Pero su cuerpo empezaba a interpretarlo como