La noche del día seis llegó lentamente.
En aquel edificio, la transición nunca era abrupta. Las luces no se apagaban de golpe ni el ambiente cambiaba de forma brusca. Todo ocurría con una suavidad artificial, casi calculada para engañar al cerebro humano.
La iluminación de la habitación descendió gradualmente hasta convertirse en una penumbra cálida.
Lo suficiente para ver.
Lo suficiente para no sentirse completamente encerrado en la oscuridad.
Pero lo bastante tenue como para recordarle a Erik