El día seis llegó de forma casi imperceptible.
No hubo un cambio real en la luz que marcara el momento exacto en que la noche dejó de ser noche. En aquella habitación, la claridad artificial era constante, inmutable, diseñada para borrar las referencias naturales del tiempo. Sin embargo, el cuerpo de Erika ya había empezado a adaptarse a un ritmo propio, una especie de reloj interno que sobrevivía incluso en medio del aislamiento.
Fue ese reloj el que la despertó.
Sus ojos se abrieron lentament