La noche del día cinco se instaló lentamente sobre el lugar como una manta pesada.
Desde la ventana, el bosque era ahora una masa oscura y silenciosa que parecía absorber la poca luz que quedaba. Las sombras se espesaban entre los troncos de los árboles, y el viento movía las copas con un susurro constante que apenas llegaba hasta la habitación.
Erika permanecía de pie frente al vidrio.
No se movía.
Su mano seguía apoyada sobre la superficie fría de la ventana, y su reflejo la observaba desde e