Miranda arrastró las maletas hasta la casa de su padre; ver desde lejos los ventanales le dio una punzada al pecho. Daniel ya no estaba para recibirla y la casa se percibía fría y gigantesca. Buscó sus llaves y, al no encontrarlas en su cartera, pidió a una vecina suya que cuidara sus maletas mientras iba a buscar las llaves en la casa de David. Eugenia, su vecina, la miró con asombro lastimero; le informó que esa casa ya no le pertenecía. Daniel la vendió meses antes de ser vencido por la enfermedad. Miranda tensó la mandíbula conteniendo las lágrimas en una sonrisa tenue. Su vecina le ofreció asilo hasta que consiguiera algo; ella asintió destrozada, dejó las maletas en el porche de su gentil vecina y se dirigió a visitar al notario que guardaba el testamento.
Cada paso pesaba más en sus pies. Recordó con claridad que le había dicho a su padre: "Con el amor de Frederic de por medio no necesito más". El dinero era un simple suplemento necesario, pero tenía suficiente, eso creía... pero iba con la cartera vacía y las cuentas atoradas a reclamar el testamento...
Al ingresar a la oficina, el aire acondicionado le heló los huesos. Una gentil secretaria le pidió esperar y ella, sin más remedio, se sentó a leer una revista para distraer su mente...
El notario Cordobés la recibió con el rostro confundido; luego de un saludo corto, sacó de sus archivos un sobre amarillo. Le indicó que los sellos de seguridad estaban en perfecto estado y lo abrió con precisión quirúrgica.
La pose demacrada de Miranda le daba una urgencia extra; sin embargo, con profesionalidad, el notario le habló de los procedimientos que siguió Daniel y el tiempo que el testamento llevaba reposando en su archivero... Acomodó las hojas entre sus manos y lo leyó en voz alta. Detalló las cláusulas respectivas: el fondo económico resultado de la venta de la casa y acciones a su nombre estaba destinado en su totalidad para ella, pero se haría efectivo dos años después de declarada su muerte. Sin embargo, como regalo por su cumpleaños, estaban destinados para hacerse efectivos, a partir de abrir el testamento, mil dólares. Ella apretó los puños; le parecía una broma de mal gusto. Dio las gracias al escuchar la notificación de mensajes en los que le informaban de una transferencia de $1000 y salió de la oficina. Ya caía la tarde y sintió hambre; decidió comer algo ligero antes de volver a casa de Eugenia. Revisó su saldo en la aplicación del banco: apenas el obsequio de su padre ingresó, fue descontado el valor de la tarjeta vencida, mientras lo que tenía apenas cubría una parte de sus deudas por vencer. Recordó la propuesta de Adolfo para mantener su puesto de trabajo y lo llamó. Él, al contestar, elogió su decisión de seguir; ella aseguró que se sentía mejor y al día siguiente se presentaría puntual a trabajar. Cerró la llamada con un suspiro cansado, pidió una sopa y un jugo, pagó a través de su aplicación y agradeció a su padre por el efectivo que le dejó en el testamento. Con la copia aún temblando en sus manos, comió despacio. Su celular activó una notificación: era el banco, faltaban dos días para que venciera el tiempo de pago de otra de sus tarjetas de crédito. Hizo cuentas: tenía que renegociar las deudas o no llegaría al siguiente fin de mes. Después de terminar su comida, emprendió el regreso. Frente a la casa que fue de su padre, vio un camión de mudanzas parqueado; las cajas de cosas que le eran ajenas empezaron a ingresar a los patios donde jugó de niña. Se le humedecieron los ojos, pero se negó a llorar. Volvió la mirada a la casa de su vecina; caminó con lentitud volviendo la vista como si eso devolviera el tiempo perdido...
Eugenia le abrió la puerta, la condujo a un pequeño cuarto y le dijo que se quedara el tiempo que quisiera. Miranda asintió sintiéndose una completa extraña. Acomodó sus pertenencias en el ropero de aquella habitación que parecía estar esperándola; luego, cansada, fue a darse un baño. El agua tibia recorría su cuerpo; cerró los ojos para disfrutar ese momento...
Al salir del baño llamó a Frederic; necesitaba que hiciera los pagos del departamento para aligerar su carga. Él la invitó a regresar para cumplir con el trato; caso contrario, esperaría pacientemente el desahucio. Su risa fría distaba del hombre que la enamoró. Al ver cerrarse sus salidas, pensó en devolver el departamento, aun si eso significaba perder parte de su inversión... Buscó en sus contactos el número del corredor de departamentos y lo llamó. Antes de que contestara, pensó mejor las cosas, quería analizar todas las opciones, y colgó...
El ruido del secador de cabello fue su compañero hasta que reparó en algo. Dos años: para alguien para quien las coincidencias eran cosas que pasan únicamente en las películas, esa fecha exacta le hablaba de un extraño pacto... Buscó en sus memorias las veces que sus pasos se cruzaron con David por el camino. Lo único que pudo recordar es que no pedía nada; simplemente, con sus acordes en la guitarra, era parte del paisaje, del rumor del río, como una estatua extravagante en un espacio temporal que reclamaba como suyo. Nunca hubo una súplica; tal vez alguna vez lo escuchó decir: "Cuando el trabajador es bueno, el sueldo se deposita solo"... Tal vez fuera una de sus frases, quizás la imaginó, pudo ser una burla. Dos años: el tiempo no era ni poco ni mucho para quien le importaba únicamente el presente...
El zumbido del secador, que le recordaba el bramar del río, callaba las voces de sus fantasmas. Buscó en sus recuerdos el momento exacto de aquella frase lapidaria; se preguntó a sí misma si realmente el vagabundo de la guitarra lo dijo o si lo estaba asociando a él para tener una respuesta. Apagó el secador y se miró al espejo: su cabello alborotado, la palidez de su piel y el aroma cítrico que desprendía eran una visión hosca ante el recuerdo de los pisos de caoba y la enorme tina de mármol.
—Podría ser mía, me transformaría en la señora De las Casas. Mi fotografía formaría parte de la sala; claro, pediría a mi cuñado un puesto de ejecutiva, no estaría ahí solamente esperando. Podría poner un café y funcionaría bien... Carajo, estoy enloqueciendo. Padre, ¿por qué me pusiste esa prueba si te prometí que iba a proteger mi herencia?
Tras salir de su autoevaluación, Miranda tomó su laptop y se puso a elaborar una proyección de gastos. Sus deudas infladas por encima de su presupuesto le quitaron el aire. Empezaba a sonar bien en sus ideas el nombre: señora Miranda De las Casas...