CAPÍTULO 82
MONSERRAT
Hacía mucho tiempo que no pisaba una pista de carreras. Tanto, que al poner un pie en el asfalto sentí cómo algo en mi interior vibraba distinto, como si el eco de los motores me devolviera a una parte de mí que creía olvidada. No era nostalgia lo que me recorría, sino una mezcla de curiosidad y expectación. Hoy estaba allí por una invitación especial de uno de los directores del principal patrocinador del equipo Belmont. Había llegado a la ciudad por unos días y, según me dijo en su mensaje, quería compartir conmigo la experiencia. No pude negarme.
El aire olía a caucho quemado, a combustible, a esa adrenalina en el ambiente que parecía impregnarlo todo. Desde temprano el sol brillaba con fuerza y, a pesar de llevar gafas oscuras, tuve que entornar los ojos para acostumbrarme al resplandor de la pista. La multitud apenas comenzaba a llegar a las gradas, pero ya se escuchaban los murmullos y gritos de los fanáticos que ondeaban banderas con colores de diferente