—¿Te gusta lo que ves, caramelo?—ronroneó el confiado felino.
—Eres bien parecido, ¿para qué negarlo?— susurró ella.
Él rió divertido.
—¿He logrado despertar tu curiosidad?— insistió él.
—Usted no, sino la posibilidad de saber una cosa sobre mí misma que llevo tiempo preguntándome.
—¿Y eso es…?
A su edad, creía que era imposible que pudiera sonrojarse por algo, pero lo estaba haciendo justo en ese instante. Llenándose de valor, prosiguió.
—Quiero saber si realmente soy una perra frígida.