La tarde descendía sobre Santo Domingo con una lentitud extraña, como si el día se resistiera a marcharse.
Después del calor intenso de las primeras horas, el sol comenzaba a perder fuerza y teñía de ámbar las paredes de la casa, las hojas del jardín y la franja de mar que podía distinguirse a lo lejos. El viento agitaba las ramas del árbol de mango y llevaba consigo el aroma húmedo de la tierra recién regada, mezclado con el perfume de las rosas que crecían junto al muro.
En uno de los extremo