El sol de la tarde entraba por la ventana y se extendía sobre el suelo de la sala como una sábana dorada.
Valeria permanecía sentada junto al cristal, observando el movimiento tranquilo del jardín. La brisa agitaba las ramas del árbol de mango, desprendía algunas hojas secas y llevaba hasta la casa el aroma de las rosas que crecían junto al muro. Desde allí también podía distinguir una franja azul del mar, brillante bajo el cielo despejado de Santo Domingo.
La casa estaba más silenciosa que en