La tarde avanzaba con la lentitud tranquila de los días en los que nadie tenía prisa por llegar a ninguna parte.
El sol de Santo Domingo descendía sobre los tejados, derramando una luz cálida que entraba por las ventanas y se extendía sobre el jardín. Las hojas del árbol de mango se movían con el viento, proyectando sombras irregulares sobre el césped. Más allá, las flores que Valeria había cuidado durante años se inclinaban suavemente, algunas abiertas y llenas de color, otras preparándose par