El amanecer llegó a Santo Domingo envuelto en una claridad tranquila.
La luz se filtró entre las cortinas de la habitación y se extendió lentamente sobre el suelo, rozando los muebles antiguos, las fotografías familiares y la cómoda donde Valeria guardaba las pequeñas cosas que se había negado a tirar con el paso de los años. Había cartas, botones desprendidos de vestidos que ya no existían, dibujos de sus hijos, pulseras fabricadas por sus nietos y una caja de madera que permanecía cerrada de